Es normal que uno acabe enfocando sus esfuerzos en lo que cree que puede o sabe hacer mejor. Tal vez por eso, desde pequeño, nunca tuve realmente claro a qué dedicarme. No me ha gustado encasillarme en algo concreto, porque aunque es verdad que cada persona tiene sus puntos fuertes, no me resigno a terminar haciendo lo que otros dicen que es lo que más se ajusta a mi perfil, otros que a su vez desempeñan un rol también definido por alguna cabeza pensante que cree estar en posesión de la verdad absoluta.
A lo largo de mi vida he tenido referentes en los que he basado mi desarrollo personal, pero a medida que he ido envejeciendo, el número de referentes ha ido disminuyendo. Siempre me empeñé en llegar a ser alguien creíble, en quien se pudiese confiar y que diese lo mejor de sí para mejorar su entorno, y entendí que era lo que debíamos hacer todos. Pero los años pasaron y los referentes se convirtieron en iguales, los iguales en personas cuestionables, y los cuestionables en simples mediocres. Las ilusiones que se tienen en la época de juventud, en muchas ocasiones acaban siendo dilapidadas por gente que piensan que no merece la pena llevarlas a cabo, o bien que esas ideas no están a tu alcance, pero eso no es cierto, son ellos los que no están capacitados para llevarlas a cabo, y es más fácil hacerte desistir que admitir que otros pueden llegar a conseguir lo que ellos no, así que juegan a desanimar a los demás. Y algunas de esas personas son las que hoy intentan vendernos como referentes de la sociedad; referentes mediocres que harán lo posible por mantener su estatus frente a otras personas capacitadas que sin siquiera pretenderlo actúan de forma mucho más sensata y coherente.
Los mediocres hoy día pululan por casi todas partes, en las comunidades de vecinos, en las instituciones públicas, en las empresas privadas y por desgracia, donde más, entre los altos cargos gubernamentales. Hace años, se respetaba a aquellos que se habían ganado a pulso su título, ya fuesen matemáticos, filólogos, médicos, arquitectos, técnicos del área que fuesen… o bien personas que durante años habían aprendido y desempeñado un oficio sin titulación universitaria y no por ello su criterio y conocimiento debía cuestionarse, pues, aprender un oficio y desempeñarlo bien, tenía gran valor. Pero hoy día, cualquiera se cree con derecho, o más aún, con potestad, para imponer su criterio – la mayoría de las veces con un desconocimiento total – sobre el de tantas y tantas personas cualificadas con aptitudes ampliamente demostradas.
A nivel de organismos y empresas encontramos también multitud de casos en los que prevalecen las mediocres intenciones de gente que por tener un «carguito» desestima años de experiencia de gente cualificada que haría las cosas y tomaría decisiones con muchísimo mejor criterio, pero eso da igual, porque no hay consecuencias, y quien hace la ley sigue haciendo la trampa.
Por eso, no nos dejemos desanimar por mediocres que no son capaces de hacer nada sin el esfuerzo de todos los demás que no lo son. No dejemos que nos digan para qué servimos y para qué no, pues uno sirve para lo que realmente quiere, si de verdad lo quiere. ¡Despertemos! La vida no es para pasarla delante de la TV, la consola o el ordenador, consumiendo los contenidos que los mediocres preparan para volvernos tan mediocres como ellos. Tengamos inquietudes, deseos, motivaciones, intereses, leamos y confrontemos opiniones, formémonos, no creamos lo que nos cuentan a pies juntillas, discrepemos y pongamos en tela de juicio todo aquello que no nos convenza, pues lo cierto es que las verdades absolutas no existen, ni ahora ni nunca, solo existen las verdades dirigidas a conseguir ciertos fines.
No se trata de convertirnos en solitarios al margen de la sociedad, pero sí en volver a ser personas críticas, con capacidad de cuestionarnos las cosas e ir contra las imposiciones cuando estas son claramente absurdas, y más aún, cuando son impuestas por mediocres dirigidos por otros mediocres.
Volvamos a disfrutar de nuestra soledad, de nuestros pensamientos, porque en ellos es donde más claridad encontraremos, y demos valor a todas aquellas cosas buenas que la humanidad ha conseguido durante su existencia. Volvamos a las tertulias, a compartir momentos con familiares, amigos, compañeros y profesionales, y dejemos de consumir experiencias enlatadas, pues si no subimos al Himalaya o no buceamos en las Costas Griegas, no pasa nada, pero si no somos capaces de redirigir el curso de las acciones de los mediocres, si que pasará y para eso no habrá remedio si no somos capaces de darnos cuenta a tiempo.
Hagámonos valer cada uno, desde nuestro convencimiento de lo que de verdad sabemos y dominamos. No aceptemos por decreto lo que nos digan que hay que hacer, si va contra nuestros principios, creencias, instintos o razonamientos, pues probablemente, si nos cuesta aceptar ciertas cosas será porque hayan sido pensadas y desarrolladas por mediocres cuyo único fin es llevarnos a todos a su mismo nivel.
Miguel Ángel Jiménez Santana


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